En todo se encuentra belleza. La cuestión es verla, encontrarla. Espacio para lo cotidiano, fotografía, literatura, algo de música, para disfrutarlo despacio. BLOGITUM, ERGO SUM.
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“Para mí ya está atardeciendo y sé casi con certeza que voy a durar poco ya; por tanto tengo que decir a Cristo, que pasa por la vida de todo hombre disfrazado de pasajero y haciéndose el apurado, como los discípulos de Emmaús: “Quédate conmigo, Señor, porque ya anochece”.”
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Pasaje de: Castellani, Leonardo. “Psicología Humana.”
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martes, junio 03, 2014
viernes, julio 05, 2013
Reflexión
Cuando la luz de tus ojos ya no se refleje en los seres que te rodean; cuando por más que te esfuerces tus palabras no lleguen a oídos de nadie; cuando tus abrazos no estremezcan más ningún corazón; cuando tus lágrimas no llamen a compasión ni lleguen al mar; cuando tu amor ya no sea correspondido ni por tu perro... Ese día sabrás que ya no existes en esta tierra. Habrás alcanzado la eternidad.
martes, mayo 17, 2011
sábado, agosto 21, 2010
Vejez - amargados o felices
Expandiéndome un poco en el tema de la vejez de mi post anterior, les comento que he obtenido mi propia conclusión, basado en ciertas experiencias. Desde mi infancia, había observado que básicamente los viejos se dividen en dos grupos muy marcados, a saber: los amargados y los felices. Podría utilizar otras palabras, pero encuentro que éstas son suficientemente descriptivas.
Los amargados siempre están de mal humor, criticando desde el gobierno hasta al nietito, pasando por el tiempo, el barrio, los hijos, el vecino, los niños que juegan afuera, el ruído, el reuma, la gripe, los precios, el frío, el sol, el gato, el perro, en fin, la lista sería interminable, así que para resumir, baste decir, absolutamente todo.
Los felices, siempre están sonriendo, nunca se quejan aunque estén enfermos, o solos, siempre están dispuestos a ayudar, a quedarse a cuidar los nietos, conversan con los vecinos... También en este caso la lista sería muy larga, así que abreviando, todo lo contrario a los primeros.
Entonces me preguntaba ¿por qué sucede ésto? ¿por qué esta marcada diferencia? ¿cuál es su causa, su origen? Y tuve una experiencia iluminadora. Corría el año 1978 cuando recién casados, mi esposa y yo fuimos a Bariloche (clásico ¿verdad?) en un mes de noviembre. Casi veranito. Como corresponde, subimos al cerro Catedral para desde allí admirar toda la cordillera y el lago Nahuel Huapi allá abajo. Arriba, en el cerro, había (supongo que todavía está) un parador, muy "suizo", es como una cabaña de esas que ves en las películas. Afuera, a los lados de la entrada había unas bancas de madera, recostadas a la pared, también de maderas, del parador. Sentado en una de ellas, había un viejito, arropado, con su gabán con cuello de piel bien cerrado, gorra a cuadros y guantes de cuero -lo recuerdo como si fuera hoy- con la mirada en la lejanía, donde ya el sol casi se ocultaba detrás de las montañas nevadas, iluminando de ese color tan especial en esa hora, como entre dorado y rosa, a la superficie del lago. Pasamos a su lado y el viejito ni parpadeó, siguió mirando lejos con una hermosa sonrisa en sus labios. Sólo. Sonriendo.
Me detuve a su lado, sorprendido, y le dije:
- ¿Qué hace aquí sólo, abuelo? Y en qué estará pensando que sonríe tanto ¿eh?
El viejito, con sus cachetes rosados, más por el frío que ya hacía, su pelo blanco saliendo a mechones debajo de la gorra, volvió a la realidad, con un casi imperceptible sobresalto. Con sus ojos azules, aún reflejando otro mundo, otro tiempo, me miró y sonrió aún más ampliamente. Amablemente, dulcemente podría decirse, siempre sonriendo me dijo:
- Mis hijos y nietos están adentro. Me quedé aquí, recordando... Es que yo soy suizo ¿sabe?. Mis padres me trajeron a Argentina cuando yo era todavía un jovencito. Apenas dieciséis años tenía. Vivo en Misiones y siempre había escuchado que esto era como Suiza. Y sí, esto me recuerda mucho a mi país, a mi pueblo. Me quedé recordando como allá, hace muchos años, a mis decieséis, tenía una novia muy linda, a la que ya no vi nunca más. Y me estaba recordando de ella, como si fuera hoy... Sí, este lugar es muy parecido a aquél lugar.
Y en ese momento entendí las causas, los orígenes de las dos categorías:
La primera, la de los viejos vacíos, sin vivencias, grises, cargados hasta el desborde de la rutina, sin recuerdos, sin nada que compartir, nada que contar, nada que soñar, nada que revivir. Amargados.
La segunda, la de los viejos plenos, vividos, colmados de experiencias, de alegrías y tristezas (siempre hay), de buenos y malos momentos, con la paz que da la tarea cumplida, aún sobrados de amor, llenos de recuerdos... Felices.
Los amargados siempre están de mal humor, criticando desde el gobierno hasta al nietito, pasando por el tiempo, el barrio, los hijos, el vecino, los niños que juegan afuera, el ruído, el reuma, la gripe, los precios, el frío, el sol, el gato, el perro, en fin, la lista sería interminable, así que para resumir, baste decir, absolutamente todo.
Los felices, siempre están sonriendo, nunca se quejan aunque estén enfermos, o solos, siempre están dispuestos a ayudar, a quedarse a cuidar los nietos, conversan con los vecinos... También en este caso la lista sería muy larga, así que abreviando, todo lo contrario a los primeros.
Entonces me preguntaba ¿por qué sucede ésto? ¿por qué esta marcada diferencia? ¿cuál es su causa, su origen? Y tuve una experiencia iluminadora. Corría el año 1978 cuando recién casados, mi esposa y yo fuimos a Bariloche (clásico ¿verdad?) en un mes de noviembre. Casi veranito. Como corresponde, subimos al cerro Catedral para desde allí admirar toda la cordillera y el lago Nahuel Huapi allá abajo. Arriba, en el cerro, había (supongo que todavía está) un parador, muy "suizo", es como una cabaña de esas que ves en las películas. Afuera, a los lados de la entrada había unas bancas de madera, recostadas a la pared, también de maderas, del parador. Sentado en una de ellas, había un viejito, arropado, con su gabán con cuello de piel bien cerrado, gorra a cuadros y guantes de cuero -lo recuerdo como si fuera hoy- con la mirada en la lejanía, donde ya el sol casi se ocultaba detrás de las montañas nevadas, iluminando de ese color tan especial en esa hora, como entre dorado y rosa, a la superficie del lago. Pasamos a su lado y el viejito ni parpadeó, siguió mirando lejos con una hermosa sonrisa en sus labios. Sólo. Sonriendo.
Me detuve a su lado, sorprendido, y le dije:
- ¿Qué hace aquí sólo, abuelo? Y en qué estará pensando que sonríe tanto ¿eh?
El viejito, con sus cachetes rosados, más por el frío que ya hacía, su pelo blanco saliendo a mechones debajo de la gorra, volvió a la realidad, con un casi imperceptible sobresalto. Con sus ojos azules, aún reflejando otro mundo, otro tiempo, me miró y sonrió aún más ampliamente. Amablemente, dulcemente podría decirse, siempre sonriendo me dijo:
- Mis hijos y nietos están adentro. Me quedé aquí, recordando... Es que yo soy suizo ¿sabe?. Mis padres me trajeron a Argentina cuando yo era todavía un jovencito. Apenas dieciséis años tenía. Vivo en Misiones y siempre había escuchado que esto era como Suiza. Y sí, esto me recuerda mucho a mi país, a mi pueblo. Me quedé recordando como allá, hace muchos años, a mis decieséis, tenía una novia muy linda, a la que ya no vi nunca más. Y me estaba recordando de ella, como si fuera hoy... Sí, este lugar es muy parecido a aquél lugar.
Y en ese momento entendí las causas, los orígenes de las dos categorías:
La primera, la de los viejos vacíos, sin vivencias, grises, cargados hasta el desborde de la rutina, sin recuerdos, sin nada que compartir, nada que contar, nada que soñar, nada que revivir. Amargados.
La segunda, la de los viejos plenos, vividos, colmados de experiencias, de alegrías y tristezas (siempre hay), de buenos y malos momentos, con la paz que da la tarea cumplida, aún sobrados de amor, llenos de recuerdos... Felices.
viernes, agosto 14, 2009
Viendo la vida pasar... Looking as life goes by...
Viendo pasar los segundos, hablándole al silencio con el codo recostado en el lomo de la soledad, evocando con la nostalgia tiempos vividos que ya no volveran, pero que viven y laten aún en la memoria del recuerdo. (Liz Flores)
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