En todo se encuentra belleza. La cuestión es verla, encontrarla. Espacio para lo cotidiano, fotografía, literatura, algo de música, para disfrutarlo despacio. BLOGITUM, ERGO SUM.
.
.
“Para mí ya está atardeciendo y sé casi con certeza que voy a durar poco ya; por tanto tengo que decir a Cristo, que pasa por la vida de todo hombre disfrazado de pasajero y haciéndose el apurado, como los discípulos de Emmaús: “Quédate conmigo, Señor, porque ya anochece”.”
.
Pasaje de: Castellani, Leonardo. “Psicología Humana.”
Mostrando entradas con la etiqueta poetas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta poetas. Mostrar todas las entradas
lunes, octubre 29, 2012
Recuerdos - Memories
¿Cómo me recuerdas?
¿Como el joven irascible?
¿Como aquel otro bromista?
¿Como el idealista soñador?
¿Cómo me recuerdas?
¿Como aquel serio y huraño?
¿Como el romántico amante?
¿Como aquel melancólico pensador?
¿Cómo me recuerdas?
¿Como el amigo incondicional?
¿Como aquel orador apasionado?
¿Como el joven lleno de ilusión?
¿Como me recuerdas?
¿Como el que vivía intensamente?
¿Como aquel que quería cambiar el mundo?
¿Como el de gran corazón?
¿Como me recuerdas?
¿Cuando ya todo pasó?...
Por el autor del blog
lunes, octubre 01, 2012
Cúpulas con cielo azul - Domes in a blue sky
Todavía estoy a tiempo
Estoy a tiempo aún
de encontrar aquel sueño
el de los viejos días
el de los años nuevos.
estoy a tiempo aún
de explorarme las dudas
de quemar la cizaña
y alcanzar las alturas.
Estoy a tiempo aún
de encenderme la mecha
explotando en estrellas
y dejar una estela.
Estoy a tiempo aún
de agigantar mi mano
de mirarte a los ojos
y decir que te amo.
Estoy a tiempo aún
de sorber el minuto
y dejar que descienda
por mis venas el mundo.
Estoy a tiempo aún
en este mundo inerte
de llenarlo de esencia
y derrotar la muerte.
Carlos V. Gutiérrez (Uruguay)
de su libro "Caleidoscopio" de la editorial Botella Al Mar.
jueves, septiembre 27, 2012
Una mirada, un poema
VERSOS PARA UN CAMINANTE
Y quedo aquí dudando
Entre tantas rarezas y certezas
¿He sido en mi vida fabricante
de sueños y utopías egoístas
que de nada sirvieron, caminante?
Me quedo aquí sentado sobre mi sombra
Enredado en una mata de incertidumbres
¿Cuánta vida volátil nombré con mis palabras
cuánta esperanza escrita diseminé en el aire
y cuánta te creíste, caminante?
Sigo aquí esperando que la noche me acompañe
Envolviendo entre sus sombras mi sosiego
O más bien desasosiego en versos que ahora escribo
¿Por qué yo sigo esperando no se qué entre mis rimas
y tú, me has dejado solo en mis palabras, caminante?
Carlos V. Gutiérrez (Uruguay)
miércoles, septiembre 19, 2012
Colour of sadness - El color de la tristeza
EL COLOR DE LA TRISTEZA
Nunca pude saber el color de la tristeza
Si es negra como ciertas almas desalmadas
O amarilla como esas hojas que juegan en otoño
Si pudiera llegar a mezclarse con el rosado de los atardeceres
O estar presente en el rojo carmín de unos labios desgastados
Si tal vez tomara los tonos azules de las profundidades húmedas
O se volviera blanca inmaculada y sin detalles mayores como la nada
Me cuesta creer que la tristeza pueda ser verde como la esperanza
O ni siquiera gris pues ése es muchas veces el color de la poesía
Por eso creo que la tristeza se siente pero no se ve, pues no tiene color.
Carlos V. Gutiérrez (Uruguay)
lunes, septiembre 03, 2012
Botellas - Bottles
LIMPIEZA EN EL DESVAN
Me miro en el espejo y veo
los ríos que corren como años
las nieves que suben a lo alto
las rejas de la prisión perpetua.
Revuelvo entre mis cosas y encuentro
viejos sueños escritos con birome
hojas añejas como versos viejos
estilos varios del amor pasado.
Yo soy ahora pero también fui antes
y llevo cargando por el lado izquierdo
algo llamado corazón y entonces
era el lugar sagrado de las cosas.
Por eso hoy me levanté temprano
revisé mis archivos con esmero
rompí todos mis recibos viejos
y guardé mis cartas de amor perdidas.
Poema de Carlos V. Gutiérrez (Uruguay)
sábado, agosto 25, 2012
Fuera de alcance - Out of reach
(Note: iPad photography)
Apenas caída la noche, en aquella casa comenzaba la danza de los fantasmas,
aquella de los que habían sido otrora sus habitantes.
Puertas que se golpeaban, martillazos, susurros, quejidos de amor o de rabia,
algún grito exasperado y el olor, ese olor inconfundible de los fantasmas.
Se asentaban en el sueño como moscardones impertinentes y no te abandonaban
hasta las primeras claridades del día.
Pero comencemos por dejar las cosas claras: la casa no era una casa clásica.
No tenía techos, ni ventanas, ni puertas, ni vestíbulos. Sólo sus ruidos.
Era una idea con forma de casa.
Me había acostumbrado a ella cada mañana, entre mate y mate
y hasta me contrariaba que a la alborada, desapareciera, como siempre sucedía.
Es triste vivir solo.
Quiero decir solamente atado a la realidad de los días que se nos van, uno tras otro,
como los peldaños de una escalera que alguna vez subimos y ahora bajamos.
Pero, ¿hay algo mejor que una idea que se nos prende como un abrojo
y nos ayuda a entibiar la soledad de las noches?
¡Pucha, si hasta da rabia despertarse!
Uno, por ejemplo en esa casa podía toparse con el inocente Platero y sus orejas,
o temblar como un niño con el profesor Moriarty,
o volver a pescar en el río con Huckleberry Finn.
Podía volver a ver a los mansos abuelos jugando a las bochas en el Parque Rodó,
a las abuelas con sus grandes anteojos siempre atentos, o sumergirse de lleno
en los mares sin fin de Sabatini o Verne.
Era una casa de grandes variedades, de reflejos sin tiempo y de sabores sin fin.
Por eso, hoy, cuando veo que se agitan tantos fantasmas en la vida de la gente común:
el fantasma banal del orgullo, el fantasma siniestro del odio, el fantasma sin alma del desamor, el fantasma negro de la guerra, el fantasma oscuro de la pobreza y la desesperación; los fantasmas mentirosos de la ambición que agitan diariamente ante nuestros ojos los dueños de este mundo de papel y tinta, de homenajes y denuestos, de hipocresía correcta, de poesía hundida en la basura, deseo con el alma que llegue la noche para visitar a mis queridos fantasmas de siempre, los que nunca se aprovecharon de mí, sino que me enriquecieron con sus susurros, sus quejidos de amor o de rabia, sus martillazos, sus gritos y sus olores tan diferentes que me adormecen y me llevan flotando hacia las utopías.
¡Pucha, si uno quisiera no despertar jamás!
Poema en prosa de Carlos V. Gutiérrez (Uruguay)
viernes, agosto 17, 2012
Portrait of a young man - Retrato de un hombre joven
C O N C I E N C I A
Entra en mi cabeza por la noche,
me asalta, me acosa, me fatiga,
me desvela, me incomoda, me sacude,
me interrumpe los sueños, me asesina,
se adelanta a mi coartada, me adivina,
vacía en mi vacío su alcancía,
retuerce sin piedad mis compasiones,
vuelca en mis comodidades su desprecio,
me inunda en llanto mis paredes secas,
me interroga, me tortura, me deseca,
me aprisiona, me acorrala, me acomete,
se adueña y deshilvana todas mis verdades
y me abandona dejándome de ojos abiertos.
Poema de Carlos V. Gutierrez (Uruguay)
martes, agosto 31, 2010
Para mis amigas y amigos POETAS, del libro "Nada del otro mundo y otros cuentos" de Roberto Fontanarrosa
RESERVA NATURAL DE PALMA DE MALLORCA
Posiblemente sea esa recóndita sensación de despojo ante las cosas que, indefectiblemente, se pierden, lo que me haga recordar cada tanto el día en que mi tío Enrique me llevó a ver a los poetas en la reserva natural de Palma de Mallorca.
Mallorca tiene un clima envidiable por lo estable y cordial durante todo el año, y es por eso que la maravillosa isla fue elegida para sentar en ella una reserva natural de especies en peligro de extinción.
La reserva, obra incluso como paso intermedio de adaptación climática para animales que son trasladados desde África a zoológicos de Europa. Posiblemente mi tío no había elegido la mejor hora para llevarme a visitar el vasto parque, dado que era la siesta y las bestias habían sido alimentadas poco tiempo antes, lo que las impulsaba entonces, lógicamente, a buscar el reparo de la sombra en procura de un sueño que facilitase la digestión.
Recuerdo que yo tenía 22 años e íbamos en una camioneta Seat, que manejaba Enrique.
Cuando nos franquearon la amplia empalizada de la entrada, se acercó a nosotros el jefe de los cuidadores, un mallorquí que conocía a mi tío y, por lo tanto, no le cobraba la entrada. La reserva es una atracción turística; pese a ello lo recaudado por la venta de entradas no cubre ni siquiera la comida de los leones.
El amigo de mi tío repitió las indicaciones de rigor: que no nos bajásemos del coche, que no abriésemos las ventanillas ante la proximidad de los elefantes (estos insisten en introducir sus trompas en los coches buscando alimentos en la gaveta) y que no arrojásemos alimentos a los monos aunque estos chillasen hasta el paroxismo. Cuando el amigo de mi tío comenzó a explicarnos el comportamiento que debíamos guardar en el caso de ser embestidos por los rinocerontes y mencionó algo referido a la virgen de la Macarena golpeteando rítmicamente su pierna de aluminio, optamos por pedirle que viniese con nosotros.
El hombre, Esteban, se llamaba, nos fue detallando pacientemente los lugares por donde pasábamos, nombrándonos árboles que nos eran desconocidos e imponiéndonos de usos y costumbres de las familias de animales que veíamos a la vera de los estrechos senderos de la reserva.
De cuando en cuando saludaba a algún mono agitando una mano, respondía al barritar de un paquidermo con un asentimiento de cabeza o bien presentaba con un: "Ahí está el Pedro" la figura enhiesta y atenta al paso del coche de un mochuelo. De pronto dijo: —Oye, Enric, tira a la derecha, que han llegado unos nuevos.
—¿Qué son? —preguntó mi tío en tanto doblaba.
—Un casal de poetas con sus crías, —dijo Esteban.— Son muy bonitos. Muy bonitos...
—Y... ¿Cómo son? —apuró mi tío.
—Hombre, que no lo sé —pareció ofuscarse Esteban. —Te digo que son nuevos.
Anduvimos un trecho más y de pronto Esteban señaló entre unas matas, junto a unas palmeras.
—Ahí están. —Nos ordenó ir despacio.— Se asustan de nada —informó.
Detuvimos el coche a unos cinco metros de la familia. El macho estaba sentado entre los pastos pero se incorporó al vernos. Por un momento pareció que iba a huir pero luego se apoyó contra una de las palmas y nos observó con detenimiento. No había temor en sus ojos, sino una suerte de desparpajo. Tenía ojos muy profundos, oscuros, ensombrecidos por la pelambre que le cubría la cabeza. El pelo le crecía también en casi toda la cara pero, a diferencia de los mandriles, no cambiaba su color sobre la nariz. Saboreaba lentamente una brizna de hierba. Me impresionaron las manos delgadas y nerviosas, como las de un lemúrido. Dos metros más atrás, entre pastizales más altos, se hallaba la hembra, recostada en el suelo. También había fijado la vista en nosotros, pero en sus ojos se notaba la dilatación fruto del miedo y la desconfianza. Las aletas de su nariz se ensachaban, venteándonos y envolvía con sus brazos a la cría menor, otra hembra. Esta cría no nos prestaba atención. Garrapateaba trabajosos dibujos en un trozo de papel con un lápiz.
—Se la pasan escribiendo —murmuró Esteban. Luego señaló los pastos, junto a las hembras:
—Han estado comiendo —dijo.— Se veían restos de galletitas, panes, algo de salame, trozos mordisqueados de cáscara de queso y hasta colillas de cigarrillos.
—¿Fuman? —pregunté.
—¡Uhh!, —graficó Esteban agitando los dedos de una mano— como murciélagos.
Rebusqué en mis bolsillos por mi atado de cigarrillos.
—No —me detuvo nuestro guía.— Ahora no. No hagas ningún movimiento. La hembra es muy peligrosa cuando está con las crías.
Permanecimos unos momentos en silencio, contemplando la escena.
—Comen poco —pareció afligirse, de pronto, Esteban. —Y el problema será el otro —agregó al punto— el machito.
—¿Dónde está? —buscó con la mirada mi tío apoyándose más aún sobre el volante.— A ése sí que no lo veo.
—Más a la derecha, hacia atrás —señaló Esteban.— ¿Lo ves ahora?
En efecto, casi invisible por su inmovilidad, semioculto por unos arbustos que le daban sombra, divisamos, sentado, un macho joven. En posición de loto, se lo advertía pensativo, perdida la vista en el infinito.
—¿Qué pensarán estos bichos, no? —murmuró Enrique. Nos reímos apagadamente.
—¿Y por qué dice usted que será un problema? —requerí yo a Esteban.
—Para cruzarlo. El mister ha hablado ya con un zoológico de Amberes. Le han prometido mandar una hembra para dentro de dos meses. Es una de las pocas que quedan. Cuesta una fortuna. Habrá que pagar seguro... hombre... tú sabes... Y es un riesgo...
—¿Por qué?
—Buenos, son frágiles —frunció la cara Esteban.— Son frágiles. Delicados. Se mueren de nada. Les sienta mal el aire y... hala... que se mueren. O el agua misma. O extrañan, no se adaptan.
Continuamos observando el cuadro familiar, que no había cambiado su disposición, y parecía un pesebre viviente.
—Luego... —agregó Esteban—... tienes que esperar que se gusten. Pues tienen sus remilgues. Si no congenian... No son burros, no. Que se follan hasta los árboles si pueden.
—¿Vamos? —preguntó mi tío, algo aburrido. — Asentimos en silencio. Cuando arrancamos Esteban señaló junto al sendero, con fastidio.
—¡Cómo dejan esto de papeles, hombre! —rezongó.
—¿Viene mucha gente a verlos? —pregunté cuando ya nos alejábamos.
—Por ahora, no mucha, —ilustró Esteban— porque hace poco que los han traído y no hay mucha gente que lo sepa. Pero vendrán a montones, te lo aseguro. Son una rareza. Oye, casi no quedan. Hay muy pocos.
—¿Y cómo es que se han extinguido?
—Como tantas otras cosas —se encogió de hombros, sabio, Esteban.— No se adaptan a los cambios. O los persiguen. Los cazan.
—¿Y para qué los cazan? —pregunté, ya temiendo ponerme pesado.
—¿Tú lo sabes? —me miró el mallorquí.— Yo tampoco.
—Son lindos —agregué, a manera de cierre.
—Hombre, "lindo" —por primera vez sonrió Esteban.— Suena gracioso. "Lindo."
—Se usa por "bonito" —le informó Enrique.
—Es claro. Ya lo sé. Ustedes, los argentinos, lo usan. "Lindo."
Se quedó un rato en silencio, contemplando la floresta de la reserva que escapaba a ambos lados de nuestro coche.
—Canarios. Parecen canarios cuando hablan —dictaminó.

Posiblemente sea esa recóndita sensación de despojo ante las cosas que, indefectiblemente, se pierden, lo que me haga recordar cada tanto el día en que mi tío Enrique me llevó a ver a los poetas en la reserva natural de Palma de Mallorca.
Mallorca tiene un clima envidiable por lo estable y cordial durante todo el año, y es por eso que la maravillosa isla fue elegida para sentar en ella una reserva natural de especies en peligro de extinción.
La reserva, obra incluso como paso intermedio de adaptación climática para animales que son trasladados desde África a zoológicos de Europa. Posiblemente mi tío no había elegido la mejor hora para llevarme a visitar el vasto parque, dado que era la siesta y las bestias habían sido alimentadas poco tiempo antes, lo que las impulsaba entonces, lógicamente, a buscar el reparo de la sombra en procura de un sueño que facilitase la digestión.
Recuerdo que yo tenía 22 años e íbamos en una camioneta Seat, que manejaba Enrique.
Cuando nos franquearon la amplia empalizada de la entrada, se acercó a nosotros el jefe de los cuidadores, un mallorquí que conocía a mi tío y, por lo tanto, no le cobraba la entrada. La reserva es una atracción turística; pese a ello lo recaudado por la venta de entradas no cubre ni siquiera la comida de los leones.
El amigo de mi tío repitió las indicaciones de rigor: que no nos bajásemos del coche, que no abriésemos las ventanillas ante la proximidad de los elefantes (estos insisten en introducir sus trompas en los coches buscando alimentos en la gaveta) y que no arrojásemos alimentos a los monos aunque estos chillasen hasta el paroxismo. Cuando el amigo de mi tío comenzó a explicarnos el comportamiento que debíamos guardar en el caso de ser embestidos por los rinocerontes y mencionó algo referido a la virgen de la Macarena golpeteando rítmicamente su pierna de aluminio, optamos por pedirle que viniese con nosotros.
El hombre, Esteban, se llamaba, nos fue detallando pacientemente los lugares por donde pasábamos, nombrándonos árboles que nos eran desconocidos e imponiéndonos de usos y costumbres de las familias de animales que veíamos a la vera de los estrechos senderos de la reserva.
De cuando en cuando saludaba a algún mono agitando una mano, respondía al barritar de un paquidermo con un asentimiento de cabeza o bien presentaba con un: "Ahí está el Pedro" la figura enhiesta y atenta al paso del coche de un mochuelo. De pronto dijo: —Oye, Enric, tira a la derecha, que han llegado unos nuevos.
—¿Qué son? —preguntó mi tío en tanto doblaba.
—Un casal de poetas con sus crías, —dijo Esteban.— Son muy bonitos. Muy bonitos...
—Y... ¿Cómo son? —apuró mi tío.
—Hombre, que no lo sé —pareció ofuscarse Esteban. —Te digo que son nuevos.
Anduvimos un trecho más y de pronto Esteban señaló entre unas matas, junto a unas palmeras.
—Ahí están. —Nos ordenó ir despacio.— Se asustan de nada —informó.
Detuvimos el coche a unos cinco metros de la familia. El macho estaba sentado entre los pastos pero se incorporó al vernos. Por un momento pareció que iba a huir pero luego se apoyó contra una de las palmas y nos observó con detenimiento. No había temor en sus ojos, sino una suerte de desparpajo. Tenía ojos muy profundos, oscuros, ensombrecidos por la pelambre que le cubría la cabeza. El pelo le crecía también en casi toda la cara pero, a diferencia de los mandriles, no cambiaba su color sobre la nariz. Saboreaba lentamente una brizna de hierba. Me impresionaron las manos delgadas y nerviosas, como las de un lemúrido. Dos metros más atrás, entre pastizales más altos, se hallaba la hembra, recostada en el suelo. También había fijado la vista en nosotros, pero en sus ojos se notaba la dilatación fruto del miedo y la desconfianza. Las aletas de su nariz se ensachaban, venteándonos y envolvía con sus brazos a la cría menor, otra hembra. Esta cría no nos prestaba atención. Garrapateaba trabajosos dibujos en un trozo de papel con un lápiz.
—Se la pasan escribiendo —murmuró Esteban. Luego señaló los pastos, junto a las hembras:
—Han estado comiendo —dijo.— Se veían restos de galletitas, panes, algo de salame, trozos mordisqueados de cáscara de queso y hasta colillas de cigarrillos.
—¿Fuman? —pregunté.
—¡Uhh!, —graficó Esteban agitando los dedos de una mano— como murciélagos.
Rebusqué en mis bolsillos por mi atado de cigarrillos.
—No —me detuvo nuestro guía.— Ahora no. No hagas ningún movimiento. La hembra es muy peligrosa cuando está con las crías.
Permanecimos unos momentos en silencio, contemplando la escena.
—Comen poco —pareció afligirse, de pronto, Esteban. —Y el problema será el otro —agregó al punto— el machito.
—¿Dónde está? —buscó con la mirada mi tío apoyándose más aún sobre el volante.— A ése sí que no lo veo.
—Más a la derecha, hacia atrás —señaló Esteban.— ¿Lo ves ahora?
En efecto, casi invisible por su inmovilidad, semioculto por unos arbustos que le daban sombra, divisamos, sentado, un macho joven. En posición de loto, se lo advertía pensativo, perdida la vista en el infinito.
—¿Qué pensarán estos bichos, no? —murmuró Enrique. Nos reímos apagadamente.
—¿Y por qué dice usted que será un problema? —requerí yo a Esteban.
—Para cruzarlo. El mister ha hablado ya con un zoológico de Amberes. Le han prometido mandar una hembra para dentro de dos meses. Es una de las pocas que quedan. Cuesta una fortuna. Habrá que pagar seguro... hombre... tú sabes... Y es un riesgo...
—¿Por qué?
—Buenos, son frágiles —frunció la cara Esteban.— Son frágiles. Delicados. Se mueren de nada. Les sienta mal el aire y... hala... que se mueren. O el agua misma. O extrañan, no se adaptan.
Continuamos observando el cuadro familiar, que no había cambiado su disposición, y parecía un pesebre viviente.
—Luego... —agregó Esteban—... tienes que esperar que se gusten. Pues tienen sus remilgues. Si no congenian... No son burros, no. Que se follan hasta los árboles si pueden.
—¿Vamos? —preguntó mi tío, algo aburrido. — Asentimos en silencio. Cuando arrancamos Esteban señaló junto al sendero, con fastidio.
—¡Cómo dejan esto de papeles, hombre! —rezongó.
—¿Viene mucha gente a verlos? —pregunté cuando ya nos alejábamos.
—Por ahora, no mucha, —ilustró Esteban— porque hace poco que los han traído y no hay mucha gente que lo sepa. Pero vendrán a montones, te lo aseguro. Son una rareza. Oye, casi no quedan. Hay muy pocos.
—¿Y cómo es que se han extinguido?
—Como tantas otras cosas —se encogió de hombros, sabio, Esteban.— No se adaptan a los cambios. O los persiguen. Los cazan.
—¿Y para qué los cazan? —pregunté, ya temiendo ponerme pesado.
—¿Tú lo sabes? —me miró el mallorquí.— Yo tampoco.
—Son lindos —agregué, a manera de cierre.
—Hombre, "lindo" —por primera vez sonrió Esteban.— Suena gracioso. "Lindo."
—Se usa por "bonito" —le informó Enrique.
—Es claro. Ya lo sé. Ustedes, los argentinos, lo usan. "Lindo."
Se quedó un rato en silencio, contemplando la floresta de la reserva que escapaba a ambos lados de nuestro coche.
—Canarios. Parecen canarios cuando hablan —dictaminó.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)