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“Para mí ya está atardeciendo y sé casi con certeza que voy a durar poco ya; por tanto tengo que decir a Cristo, que pasa por la vida de todo hombre disfrazado de pasajero y haciéndose el apurado, como los discípulos de Emmaús: “Quédate conmigo, Señor, porque ya anochece”.”
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Pasaje de: Castellani, Leonardo. “Psicología Humana.”

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miércoles, marzo 06, 2013

La casa del monte




 Relato de un viajero (Cuento breve)

Dice la gente del lugar que cuando llueve, y las nubes bajas cubren el valle con un velo, se ve la sombra de un hombre, con largo abrigo, caminando por el sendero entre los viejos robles. Se detiene donde está la piedra grande, ahí donde dobla el camino hacia lo profundo del bosque. Desde ese lugar dirige su mirada hacia la casa del monte, hoy abandonada y silenciosa. La sombra se queda allí, quieta, por largos minutos. Luego, caminando muy despacio, como doblada por el peso de una tristeza abrumadora, continúa su camino por el sendero, desapareciendo en esa parte donde se hace el bosque más espeso y oscuro. Cuentan los más viejos y aún tienen buena memoria, que en la casa del monte, hace ya muchos años, cuando ellos eran niños todavía, y salían a cazar pajarillos con sus hondas por la orilla del bosque, veían a veces una niña hermosa como el sol  -el brillo dorado de su cabello-  y bella como la luna  -la blancura de su rostro perfecto-  apoyada en el balcón, mirando el horizonte. Un día ya no la volvieron a ver. Y nadie supo nunca explicar a dónde se habrá ido... 

Manuel Ameneiros

viernes, enero 04, 2013

Breve crónica de un tejedor







Breve crónica de un tejedor

Los tiempos estaban duros en España. Llegó a Montevideo en 1952, cruzando el mar,
buscando mejor futuro para su familia. Después de dos difíciles años de escasez, soledad
y trabajos diversos, pudo pagar los pasajes para que su familia se reuniese con él.
La vida no era fácil para un emigrante en Uruguay.
Pero igual seguía para adelante. Se levantaba todos los días entre las siete y ocho de la noche.
Siempre de buen humor, o casi siempre. Se afeitaba, se bañaba, cenaba, charlaba un poco
con su esposa, con su hija, con su hijo.  Besos a todos y se iba a la fábrica de Alpargatas.
Alrededor de las nueve de la noche tomaba el 191 en la esquina de Pereyra de la Luz y
Plácido Ellauri, en Pocitos. Trabajaba el tercer turno, de diez de la noche a seis de la mañana.
Todos los días. Nunca faltaba. Con lluvia, truenos y relámpagos, aún cansado o enfermo,
con fiebre, invierno o verano. Siempre iba a trabajar. No faltar era un motivo de orgullo para él.
Un ejemplo. Ocho horas, seis días a la semana, año tras año, en medio del ruido ensordecedor
de cientos de lanzaderas de madera con puntas de acero golpeadas sin descanso por brazos
mecánicos, para que a golpes se fueran tramando metros y metros de tela. Polvo de algodón,
lana y poliéster volando en el aire cargado de humedad. Ojos, nariz, garganta, oídos, cabello,
piel, pulmones, acumulando polvo blanco.
Y cuando tenía 62 años, un día murió. En la calle, en la feria, sólo, entre la gente, infarto. Fin.
Yo no estuve, estaba lejos, muy lejos. Cuando llegué, ya lo habían enterrado. A mi padre.



Nota del autor: La fotografía muestra la remodelación de la "Fábrica Uruguaya de Alpargatas" para transformarla en viviendas, en el año 2004.